CERVEZA, SALCHICHAS Y ULTRADERECHA: ¿POR QUÉ GANÓ LA AFD EN EL ESTE ALEMÁN?
Por Renata Waigandt

En los últimos años, a los votantes del Este alemán se los acusó de nostálgicos, resentidos o de no haber terminado de aprender la lección democrática. Sin embargo, lo que pasó el 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt sugiere que la explicación es bastante más incómoda. Alternativa para Alemania (AfD), un partido de ultraderecha nacionalista, antiinmigración y euroescéptico, sacó el 43,8% de los votos, más del doble que en 2021, y quedó a tres bancas de la mayoría absoluta (39 de 83, con 42 como piso). La Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido conservador de centroderecha del canciller Friedrich Merz, que gobernó el estado durante años, pasó del 37,1% al 17,2%. Y no fue un triunfo por abstención, porque la participación rozó el 78%, casi 18 puntos más que en la elección anterior.
La historia tiene ecos difíciles de ignorar. Turingia, otro estado del Este, es la región donde los nazis entraron por primera vez a un gobierno regional, en 1930. En abril de 1932 fueron el partido más votado en la zona que hoy es Sajonia-Anhalt, con el 40,7%, y formaron allí el primer gobierno regional liderado por ellos. Comparar no es equiparar, y la AfD no es el Partido Nazi (NSDAP), que además surgió en un contexto muy distinto. Pero que el mapa vuelva a pintarse en el mismo lugar obliga, al menos, a hacerse una pregunta: ¿por qué el Este?
La pregunta parte de una paradoja. Por un lado, la AfD nació en el Oeste en 2013, como una fuerza contraria al euro, y buena parte de su dirigencia se crio en estados occidentales. Por otro, es en el Este donde consigue sus mejores resultados.
Quizas la clave no está en una supuesta ideología de la región, sino en como se hizo la reunificación.
El país que nunca terminó de unirse
Para muchos alemanes orientales, 1990 no se vivió como una unión entre iguales sino como una absorción. La agencia Treuhand privatizó la economía de la ex República Democrática Alemania (la parte socialista) en pocos años, el 94% de las empresas pasó a manos occidentales o extranjeras y la región perdió cerca de 2 millones de empleos. Las transferencias fiscales fueron gigantescas, unos 2 billones de euros, pero el dinero no podía comprar propiedad ni poder de decisión. Treinta y seis años después, los orientales siguen subrepresentados en los cargos altos de empresas, justicia, universidades y administración federal.
Después vino el éxodo. Se fueron los jóvenes, sobre todo las mujeres con estudios, y quedaron distritos más viejos, más vacíos y más masculinos, con escuelas, clínicas y sucursales bancarias cerrando una tras otra. El resultado, en Sajonia-Anhalt, es un estado que produce alrededor de tres cuartos del promedio nacional por habitante y donde casi uno de cada cuatro vive cerca de lo que Alemania considera pobreza. El desempleo ronda el 8% y la infraestructura no se parece a la de los 90, pero la brecha de salarios y jubilaciones con el Oeste sigue ahí, y con ella la sensación de ser ciudadanos de segunda.
La inmigración, en este cuadro, pesa más en el discurso que en el día a día. Los extranjeros son cerca del 9% de la población del estado, bastante menos que el promedio nacional, y una región que se despuebla los necesita. Aun así, la AfD hizo campaña con deportaciones, islam y costo del asilo. Las encuestas postelectorales muestran que los votantes pusieron la seguridad social y la economía por delante de la inmigración entre sus preocupaciones. La formula ya es conocida: se agarra un malestar real, con causas viejas, y se traduce en un culpable fácil de señalar.
Hay además una paradoja en su base. El programa de la AfD defiende un liberalismo económico duro, pero la votan sobre todo trabajadores precarizados y jubilados, los más expuestos a esas políticas. Casi dos tercios de los trabajadores la eligieron, y ganó entre quienes antes no votaban. Con esos datos, reducir el fenómeno a un "voto bronca" parece una lectura demasiado cómoda, sobre todo si ya consolidó un núcleo de votantes por convicción y no solo por castigo.
Un partido, muchos lenguajes
La AfD no le habla a todos igual, y ahí está buena parte de su eficacia.
Alice Weidel, copresidenta, es la cara moderada y urbana. Se crio en Renania del Norte-Westfalia, es economista, vive en Suiza y está en pareja con una mujer de Sri Lanka. Ese perfil le da a votantes profesionales y moderados un "permiso psicológico" para elegir al partido sin sentir que apoyan a la ultraderecha, y de paso desarma cada comparación con el nazismo. Björn Höcke, líder en Turingia, es el ala dura y el motor de las bases del Este. Fue condenado en 2024 por usar una consigna de las SA nazis y multado otra vez por lo mismo semanas después. Tino Chrupalla, el otro copresidente, es el puente obrero, es pintor artesano de Sajonia y habla el idioma del miedo a la desindustrialización, la energía cara y el olvido de Berlín.
Pero el rostro de esta elección fue un cuarto nombre, el de Ulrich Siegmund, candidato en Sajonia-Anhalt. Nació en 1990, el año de la reunificación, y hace campaña como un vendedor. Recorrió el estado armando fiestas con salchichas y cerveza gratis en pueblos que llevan décadas viendo cómo se les va la gente. El mensaje es simple: "Los veo, tienen derecho a estar enojados". La mayoría de sus votantes probablemente ni siquiera leyó el programa, y no hace falta.
Un cordón con fecha de vencimiento
Nada de esto quedaría en el Este si el Brandmauer, el cordón sanitario que impide a los demás partidos cooperar con la ultraderecha, se mantuviera firme. Pero ya se rompió una vez: en enero de 2025, la CDU y su hermana bávara, la CSU (socialcristiana, también de centroderecha), aprobaron en el Bundestag (parlamento) un plan migratorio con votos de la AfD. Hubo marchas masivas e incluso una crítica pública de Angela Merkel a Merz.
Desde entonces la presión vino por dos lados. El primero es la dificultad para armar gobiernos. Un analista cercano a la CDU dijo que Alemania se acerca a "un problema aritmético", porque cada vez cuesta más formar mayorías sin la AfD. El segundo es interno. En julio, Michael Kretschmer, gobernador de Sajonia y figura de la CDU, afirmó que quien todavía habla de Brandmauer no entendió las señales de la época. Merz, mientras tanto, sostiene en público que el pacto de incompatibilidad de 2018 sigue en pie. Dos mensajes opuestos dentro del mismo partido, y un canciller con la peor popularidad desde que hay registros.
Las encuestas nacionales muestran la escala, con la AfD entre 27% y 29% y la CDU entre 18% y 20%. Y el Este no fue un caso aislado. El 20 de septiembre, la AfD ganó en Mecklemburgo-Antepomerania con el 38,2%, apenas por delante del SPD, el histórico partido socialdemócrata de centroizquierda, que tuvo 35,5%. Los demás partidos anunciaron una unión para impedirle gobernar, y la CDU quedó cerca del piso del 5% que exige la ley para tener bancas.
¿Cuánto aguanta?
Sajonia-Anhalt sigue sin gobierno. La AfD confirmó que intentará formar el primer ejecutivo regional de extrema derecha desde la posguerra. El BSW, la Alianza Sahra Wagenknecht, un partido de izquierda nacionalista que combina economía de izquierda, línea dura en migración y cercanía con Rusia, promete abstenerse en la votación de investidura. Siegmund, además, dijo que estaría dispuesto a gobernar, aunque sumara un solo diputado por encima de los 42 necesarios.
Ahí está el dilema de fondo, y no es solo alemán, cómo nos mostró Austria. El FPÖ, el Partido de la Libertad, una fuerza nacionalista y antiinmigración que gobernó en coalición durante años, ganó las elecciones de 2024. Pero excluir a la AfD en un parlamento donde tiene casi la mitad de las bancas obliga a la CDU a gobernar con partidos contra los que se definió durante años, una "coalición de los derrotados" que la AfD va a presentar como prueba de que las elecciones no sirven para cambiar nada.
Las elecciones recientes no permiten afirmar que Alemania sea mayoritariamente de extrema derecha, del mismo modo que no permitirían decir que todo el Este lo es. Pero sí muestran que el cordón sanitario convive hoy con una realidad electoral distinta, en la que casi la mitad de los votantes de un estado eligió al partido que todos los demás se niegan a incorporar. Quizás la pregunta ya no sea cómo impedir que la AfD llegue al poder, sino por qué tantos creen que votarla es la mejor manera de decir que el sistema dejó de escucharlos.
Y si la respuesta es que la política tradicional dejó de hablarle a una región entera, ¿alcanza con sostener un cordón para arreglarlo? ¿O es cuestión de tiempo hasta que alguien decida, por conveniencia o por cansancio, que ya no vale la pena sostenerlo?






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