El caso Caramelo: cuando el derecho de admisión se convierte en manifiesto polítelico
Por Agustina Silvi y Narela Valentina Belachi

La transformación de la noche porteña
Si bien en los años pre pandemia, 2018/2019 se vivieron grandes cambios en lo que se conoce como “noche porteña”, actualmente se están poniendo en duda. A nivel sociopolítico, en el año 2018 se produjo un cambio social, donde movimientos como el feminismo o el crecimiento del activismo de la comunidad LGBTQ+ tuvieron su impacto en la industria nocturna, teniendo como resultado la creación de fiestas que promovían la libertad y la igualdad. La aparición de estos nuevos establecimientos creó una especie de “ambiente” más amigable en la noche porteña, se abandonaron los estigmas y el salir de fiesta ya no requería una vestimenta en específico ni un estereotipo en particular. En estos lugares, se premiaba la innovación y se promovían las libertades en distintos sentidos. Ante estas nuevas ideas, la sociedad se adaptó rápidamente y se dejaron de lado los valores “tradicionales”, donde se acostumbraba a seguir unos lineamientos para poder acceder a estas fiestas.
En el último tiempo, se vio un giro particular en esta industria. Aunque siguen existiendo estas fiestas mencionadas, en redes sociales se comenzó a difundir un mensaje muy distinto. El pasado mes, Luli González, una reconocida youtuber mencionó en su programa en OLGA que había vivido una situación inesperada en la puerta del boliche Caramelo. La influencer comentó que el boliche le negó el acceso al establecimiento por su vestimenta, calificándolo como un atuendo masculino. Esta anécdota desató una serie de videos de muchas personas contando su experiencia y todos tenían una cosa en común: personal del boliche le había negado la entrada por su aspecto físico y/o su vestimenta. Además, distintos testimonios dieron a entender que otro de los requisitos para ingresar era que debían mostrar sus redes sociales para poder definir “si encajas con la idea o imagen esperada del boliche”. Este patrón se repite en varios boliches situados, principalmente, en la costanera de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero lo particular de este caso es que uno de los dueños de Caramelo, Valentín Torlasco, salió a defender públicamente el accionar de la fiesta.
El caso Caramelo y el retorno de la exclusividad
Este mismo argumentó que tienen un código de vestimenta exclusivo como todos los establecimientos bailables y también se justificó utilizando el recurso del derecho de admisión, facultad que tienen los dueños de un establecimiento para dejar entrar o excluir a terceros. Ante la polémica que lo clasificó tanto a él como al boliche como discriminadores o clasistas, Valentín adhirió a su discurso que su accionar no es personal ni se relaciona con la discriminación ya que, según cuenta en sus videos de TikTok, por el mismo motivo del código de vestimenta no se les permitió el ingreso a reconocidas figuras del fútbol argentino como Lucas Martínez Quarta y Leandro Paredes, campeón del mundo.
El caso de Caramelo se puede asociar rápidamente con el término cultural backlash. Este concepto que es utilizado para fenómenos sociopolíticos principalmente en Estados Unidos, tiene una gran conexión con el caso ya que describe casi a la perfección lo sucedido; ante nuevos valores, como la inclusión de las fiestas en 2018 y 2019, ciertos sectores, como los boliches conservadores, sienten que perdieron estatus. Esto no implica un simple rechazo a lo nuevo o a lo diferente, ya que Torlasco no ataca a estas fiestas directamente, sino que remarca constantemente que Caramelo es tradicional y exclusivo, buscando reafirmar su identidad y despegarse de estas fiestas que se hicieron tan populares hace casi una década. El mismo grupo, el de los boliches más conservadores, supieron tener su auge y tener el poder cultural dominante, pero llegó un punto en el que lo “diferente” creció y dejaron de ser la norma. En este sentido, es mucho más que exigir que se cumpla un código de vestimenta, sino que es un sector de la sociedad que está llevando a cabo una revolución silenciosa, buscando tener el poder que tenían antes. Así, el sector conservador apela al gesto nostálgico para poder restaurar ese orden social previo.
La vestimenta como mecanismo de distinción
Al respecto del componente sociológico de los boliches, es de utilidad la visión de Pierre Bourdieu sobre la vestimenta y la distinción social. Siguiendo al autor, la vestimenta que impone Caramelo no es una simple regla “estética” sino que es un mecanismo de clasificación social: se usa para separar según la apariencia o calidad del atuendo, unificando a quienes comparten esas condiciones y logra pasar y excluye a quienes no encajan.
La puerta del boliche, específicamente en este caso, opera como filtro de distinción de estatus, buscando preservar lo estético y demostrando que no hay figura pública ni dinero que pueda corromper ese patrón o modelo. A través de una aplicación punitiva y estricta del derecho de admisión es que se imponen estas jerarquías rígidas y se defienden los modos tradicionales.
Es evidente que en el ambiente de los establecimientos bailables y clubes nocturnos pertenecientes a la “noche porteña” esta reacción se ve aún más materializada y fundamentada en el retorno a las normas tradicionales y la exclusividad. De este modo, se puede distinguir que la reacción de estos grupos sociales se lleva a cabo mediante una regresión cultural e ideológica, acudiendo a la puesta en práctica del conservadurismo estético y a la idea de que la aplicación del rígido código de vestimenta y el uso del derecho de admisión no funcionan, en este caso, como normas comerciales ni de convivencia, sino que son puramente un instrumento de distinción de clase y género que simbolizan una diferencia social mediante la cual se materializan la exclusividad y autenticidad esperada para el boliche. Siguiendo con esto, también se suelen pedir las redes sociales de las personas que aspiran a ingresar para ver si se adaptan a la “imagen” del establecimiento.
La autoridad detrás del código de vestimenta
El discurso de Torlasco se puede conectar con un discurso autoritario, ya que los trabajadores del establecimiento son muy estrictos con las reglas, hay un código de vestimenta y se aplica sin excepciones, aunque seas un jugador de la selección argentina. Esta regla la defienden y la aplican con dureza, y en ese sentido, terminan presentando en su discurso como si fuera una virtud y no un problema en sí. Con esta demostración, busca separar la imagen del trasfondo de su mensaje, que también es polémico, para volver a hacer énfasis en que el código de vestimenta nada tiene que ver con discriminación.
La validez y el apoyo que recibió el descargo del dueño del establecimiento por un sector específico de la sociedad demuestra cómo en la actualidad son cada vez más preponderantes los discursos llevados a cabo por métodos disruptivos y empleados a través de malos modales en donde se ven reflejadas las asimetrías ideológicas. Ahora bien, la polémica generó un alto revuelo en la sociedad ya que demostró que en la actualidad los valores e ideales conservadores que, en este caso, busca imponer el boliche Caramelo, están siendo cada vez más predominantes y que creencias que se creían relegadas, como los estereotipos de belleza y formas de vestimenta, actualmente son tema de discusión y lideran la agenda en la sociedad. De este modo es que la rebeldía política se convierte en una nueva forma o herramienta de movilización conservadora, mediante la cual se buscan restablecer valores e ideologías tradicionales y se ven cada vez más en aumento entre la sociedad. El uso del derecho de admisión puede ser visualizado como una representación del derecho de propiedad sobre este espacio, donde el dueño ejerce soberanía absoluta, y no tanto como una regla social.
Una disputa que excede a la noche porteña
Entonces, en conclusión, efectivamente lo que sucede en Caramelo no es solamente un hecho mediático, ni mucho menos algo que está aislado de la realidad sociopolítica actual. En este caso, el derecho de admisión es un mecanismo utilizado para la distinción social, configurando lo que llamamos nativismo estético: una jerarquía que excluye según la apariencia y refleja cómo los componentes de un relato que es puramente defensivo muestran un trasfondo más autoritario relacionado con la derecha conservadora, siendo siempre “tapado” con una lógica de honestidad.
Lo sucedido en Caramelo no debe interpretarse como algo excepcional, sino como la expresión local de un fenómeno que atraviesa distintos planos de la vida social en el último tiempo. Es fundamental replantearse en qué otros ámbitos socioculturales, que parecen totalmente banales, se dan estas dinámicas de exclusión que son legitimadas por cientos de personas todos los días, o al menos, los fines de semana.






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