top of page

¿Crisis o renovación? El Partido Demócrata de Estados Unidos rumbo a 2028 y la emergencia de Zohran Mamdani

JULIETA PITALUGA
Sep 1
7 min read
Julieta Pitaluga


Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024 dejaron al Partido Demócrata ante una crisis que excede la derrota de una candidatura particular. Donald Trump obtuvo la presidencia frente a Kamala Harris en una contienda muy estrecha en el voto popular, pero con una ventaja decisiva en el Colegio Electoral. Los resultados mostraron que el partido continuaba siendo competitivo en los grandes centros urbanos y entre los votantes con educación universitaria, aunque presentaba dificultades para recuperar estados decisivos y sectores sociales que históricamente habían formado parte de su coalición. La Comisión Federal Electoral registró a Trump como ganador de la elección presidencial y confirmó la magnitud nacional del desafío demócrata.


El interrogante central no es, por lo tanto, únicamente quién podría ser el candidato demócrata en 2028. La cuestión más profunda consiste en determinar qué tipo de partido intentará ser el Partido Demócrata. ¿Buscará recuperar el centro político mediante candidaturas moderadas? ¿Profundizará una agenda progresista vinculada con el socialismo democrático? ¿O intentará construir una síntesis que combine políticas económicas populares con una posición cultural capaz de atraer a una sociedad profundamente plural y polarizada?


En ese debate, la figura de Zohran Mamdani adquirió una relevancia que trasciende la política municipal de Nueva York. Su triunfo en las primarias de 2025 y su posterior elección como alcalde lo convirtieron en el primer alcalde musulmán de la ciudad y en uno de los dirigentes más visibles de una nueva generación.


La crisis demócrata: pérdida de identidad y transformación de la coalición

El Partido Demócrata no se encuentra en una situación de desaparición institucional:

mantiene representación en el Congreso, gobierna estados y conserva una sólida estructura urbana. Sin embargo, atraviesa una crisis de identidad y representación. Varios análisis establecen que, durante la última década, el partido perdió apoyo entre sectores de la clase trabajadora y quedó atrapado entre dos estrategias: un giro hacia la izquierda económica o una moderación orientada a recuperar votantes centristas.


Esta transformación se vincula con cambios sociales de largo plazo. Durante buena parte del siglo XX, los demócratas fueron identificados con los sindicatos, la clase trabajadora industrial y las políticas de expansión del Estado social. Desde la década de 1990, especialmente durante la presidencia de Bill Clinton, el partido adoptó elementos de la llamada Tercera Vía: aceptación de la globalización, mayor confianza en los mercados y una combinación de liberalismo cultural con moderación económica. Esa estrategia permitió conquistar sectores suburbanos y profesionales, pero debilitó progresivamente la identificación con los trabajadores industriales.


El proceso se aceleró por la desindustrialización, la pérdida de poder sindical y la polarización cultural. Según el Pew Research Center, en 2024 la coalición de Trump se volvió más diversa, mientras la demócrata se fortaleció entre votantes con educación universitaria. El problema no consiste en que el Partido Demócrata haya perdido todo apoyo popular, sino en que una parte de su electorado ya no lo identifica plenamente con la defensa de sus intereses materiales. La inflación, el costo de la vivienda, el endeudamiento educativo, la precarización laboral y el acceso desigual a la salud modificaron las prioridades del electorado. No obstante, la comunicación demócrata se concentró con frecuencia en defender la democracia y rechazar a Trump, sin acompañar esos argumentos con un programa económico suficientemente concreto. La defensa institucional es relevante, pero no siempre responde a cuánto cuesta vivir, alquilar o cuidar a los hijos.


Esta desconexión generó una paradoja. El Partido Demócrata puede ser considerado progresista en asuntos culturales y sociales, pero aparece moderado o ambiguo en materia económica. De ese modo, pierde parte de su antigua base trabajadora sin conquistar de manera suficiente a los votantes independientes. La derrota de 2024, entonces, no fue simplemente una sanción a la edad o a la figura de un candidato, sino también una expresión de la dificultad del partido para articular una narrativa de futuro.


Nueva York como laboratorio político

La emergencia de Zohran Mamdani debe entenderse dentro de ese contexto nacional, aunque no pueda trasladarse mecánicamente al conjunto de Estados Unidos. Nueva York es una ciudad profundamente demócrata, con una población altamente urbanizada, multicultural y acostumbrada a debates sobre vivienda, transporte público, desigualdad y servicios municipales. Estas condiciones favorecen candidaturas progresistas, pero no explican por sí solas el resultado de Mamdani.


Mamdani llegó a la elección con una trayectoria relativamente breve en la política institucional. Nacido en Kampala, Uganda, se trasladó a Nueva York durante su infancia, se formó en estudios africanos y trabajó como asesor de vivienda para personas de bajos ingresos antes de ingresar a la Asamblea del Estado de Nueva York. Su biografía combina inmigración, pertenencia musulmana, activismo comunitario y experiencia en conflictos concretos relacionados con los desalojos.

Su campaña se distinguió por una estrategia de comunicación directa y una fuerte presencia territorial. En lugar de presentar la política como una defensa abstracta de valores liberales, Mamdani organizó su discurso alrededor de la asequibilidad. Sus propuestas incluyeron transporte público gratuito, congelamiento de alquileres, guarderías universales, supermercados municipales y una ampliación de la vivienda con alquiler regulado. Más allá de la viabilidad específica de cada medida, el mensaje era claro: la política debía ocuparse de reducir los costos cotidianos que afectan a las mayorías urbanas.


En las primarias demócratas de Nueva York de junio de 2025, Mamdani derrotó a Andrew Cuomo en la ronda final de votación preferencial y obtuvo 573.169 votos. El resultado fue significativo no solo por la victoria de un candidato identificado con el socialismo democrático, sino por el método utilizado para alcanzarla. La campaña construyó una red de voluntarios y pequeños donantes, activó a votantes jóvenes y presentó la organización comunitaria como alternativa a la política dominada por figuras conocidas y grandes financistas.


La elección mostró también la importancia de la representación. Mamdani encarnó una Nueva York inmigrante, musulmana, joven y multilingüe. Sus mensajes en urdu y español presentaron la diversidad como el núcleo de la ciudad. El episodio es relevante porque el Partido Demócrata posee una coalición diversa, pero no siempre transforma esa diversidad en una identidad política común.


¿Una resurrección del Partido Demócrata?

Calificar el ascenso de Mamdani como una “resurrección” demócrata exige cautela. Su victoria no demuestra que el socialismo democrático sea automáticamente competitivo en estados rurales, suburbios conservadores o distritos disputados. Tampoco prueba que una candidatura nacional con su perfil pueda reproducir el resultado de Nueva York. El sistema electoral estadounidense es federalizado y fragmentado: las estrategias exitosas en una gran ciudad pueden fracasar en regiones con estructuras económicas, religiosas y culturales diferentes.

Sin embargo, Mamdani revela tres posibilidades de renovación. La primera es recuperar una agenda económica material: vivienda, salarios, transporte y cuidado infantil. La segunda es reconstruir la organización desde abajo mediante vínculos entre voluntarios, comunidades inmigrantes, sindicatos y barrios. La tercera es una renovación generacional y simbólica frente a un partido asociado con liderazgos envejecidos y elites profesionales.


El fenómeno también presenta límites. Sus posiciones sobre Israel y Palestina lo alejaron del aparato tradicional del partido y pueden generar resistencias en sectores moderados y en comunidades judías. Además, sus propuestas enfrentan interrogantes presupuestarios: gobernar una ciudad con un presupuesto de aproximadamente 115.000 millones de dólares exige convertir consignas movilizadoras en políticas sostenibles. El éxito electoral no garantiza capacidad de gestión.


La reacción interna del Partido Demócrata refleja justamente esa ambivalencia. El ala progresista interpreta a Mamdani como prueba de que existe un electorado dispuesto a respaldar propuestas audaces. Los moderados, en cambio, temen que su imagen sea utilizada por los republicanos para asociar a todos los candidatos demócratas con posiciones radicales. El debate no se reduce a una disputa ideológica: también involucra la pregunta de si el partido puede construir una plataforma nacional sin perder sus regiones competitivas.


Rumbo a 2028: entre la moderación y la movilización

De cara a 2028, el Partido Demócrata enfrenta una decisión estratégica. Una opción sería regresar a una fórmula centrista basada en candidatos con experiencia ejecutiva, lenguaje institucional y posiciones moderadas en seguridad, inmigración y economía. Esta alternativa podría resultar atractiva para votantes suburbanos e independientes, pero corre el riesgo de reproducir la falta de entusiasmo que caracterizó a parte del electorado demócrata en 2024.

La segunda opción consiste en adoptar una agenda cercana al socialismo democrático, con impuestos progresivos, vivienda pública y servicios universales. Esta vía podría revitalizar a jóvenes y trabajadores urbanos, pero tendría dificultades en estados donde la palabra “socialismo” provoca rechazo y los republicanos pueden convertir a una figura progresista en un símbolo nacional negativo.


La alternativa más prometedora sería una síntesis pluralista. El partido debería conservar la defensa de los derechos civiles y la democracia, pero traducirla en una política económica popular. En lugar de elegir entre identidad y clase, podría vincular diversidad, igualdad racial y derechos de los inmigrantes con mejores salarios, vivienda, salud, educación y seguridad económica.

Desde esta perspectiva, Mamdani no debe ser entendido necesariamente como el candidato presidencial de 2028, sino como un indicador de cambio. Su importancia reside en mostrar que una campaña puede transformar la ansiedad económica en movilización política, vincular la identidad inmigrante con la pertenencia ciudadana y desafiar a las estructuras partidarias. La “resurrección” demócrata no consistiría en copiar su programa, sino en aprender de su capacidad para hablar de problemas concretos y construir entusiasmo colectivo.

 

¿Crisis o renovación?

El Partido Demócrata llega a la etapa previa a 2028 debilitado, pero no derrotado. Su crisis combina pérdida de apoyo entre sectores trabajadores, transformación de su coalición, falta de liderazgo y dificultad para formular una narrativa económica convincente. La emergencia d

e Zohran Mamdani ofrece una posible respuesta a parte de esos problemas, aunque no una solución completa.

Mamdani representa una renovación porque recupera la centralidad del costo de vida, utiliza una organización territorial intensa y expresa una generación más diversa que busca protagonismo político. Al mismo tiempo, su experiencia demuestra los límites de trasladar automáticamente una agenda urbana progresista al conjunto del país. El desafío para los demócratas será convertir esa energía local en una propuesta nacional que sea simultáneamente ambiciosa y viable.

En consecuencia, la pregunta no es si el partido debe convertirse enteramente en el partido de Mamdani o rechazarlo, sino si podrá aprender de su ascenso para conectar valores democráticos con mejoras materiales. Si lo logra, 2028 podría representar una renovación significativa; de lo contrario, su victoria quedará como una resurrección local en medio de una crisis nacional.

 
 
 

Comments


bottom of page