CUANDO LA SUERTE SE ECHO EN ALESIA
Por Florián Fernández

“La Galia, tomada en su conjunto, está toda dividida en tres partes: una de ellas la habitan los belgas; otra, los aquitanos, y la tercera, los que se llaman en su propio idioma,celtas, y en el nuestro, galos. Todos ellos se diferencian entre sí por el idioma, las costumbres y las leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos, y los ríos Marne y Sena los separan de los belgas.”[1]
Así es como el mismísimo Julio César comienza su recuento de la conquista de los territorios galos en su libro “Comentarios sobre la guerra de la Galia”, obra escrita íntegramente por él (con la excepción del libro VIII, escrito por un acompañante de César, Aulo Hircio) para la divulgación de sus proezas. Los “Comentarios” en sí son una recopilación de ocho libros qué abarcan la campaña militar en la Galia iniciada en el 58 a.c. y finalizada en el 52 a.c. En ellos César describe con la sobriedad militar qué caracteriza a los romanos las principales hazañas conseguidas por sus legiones. Cabe aclarar qué los comentarios no son solo una colección de memorias, sino qué también se trata de un obvio proselitismo cesariano ante la inminencia de la guerra civil qué posteriormente lo enfrentó a Pompeyo. Guerra civil que podríamos decir, es producto directo de la fama ganada en las victorias a granel narradas en los Comentarios, dada la popularidad qué le granjearon a César a la vez qué el senado le impedía su postulación al consulado in absentia. Dichos sucesos terminaran por devenir en el cruce del río Rubicón por parte del Cesar con sus ejércitos, violando las leyes sagradas qué prohíban la entrada de ejércitos a Italia.
Al narrar estos acontecimientos me resulta imposible resistirme al impulso de citar el ya célebre relato qué hace Suetonio sobre el cruce: “Mientras vacilaba, lo decidió un prodigio. Un hombre de estatura y hermosura extraordinarias apareció de pronto sentado, a corta distancia, tocando la flauta: además de los pastores, soldados de los puestos inmediatos, y entre ellos trompetas, acudieron a escucharle, y arrebatando a uno la trompeta, encaminose hacia el río, y arrancado enérgicos sonidos de aquel instrumento, llegó a la otra orilla. Entonces, dijo César: ‘Marchemos a donde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. La suerte está echada.”[2]
Pero no dejen qué mi aparente admiración beatlemaniaca del César les pinte una visión sesgada, puesto qué, si bien mi fuente principal será el libro de César, trataré de abordarlo de la manera más objetiva posible. En está oportunidad y aprovechando qué nos encontramos en el mes de su aniversario, relativamente hablando, ya qué el evento sucedió entre septiembre y octubre de nuestro calendario gregoriano, pretendía narrarles los sucesos acontecidos en la climática gran batalla final de la campaña de la Galia, el asedio y la batalla de Alesia, iniciada en un dia como hoy (aproximadamente) hace 2.077 años.

Pero antes de hablar del evento en sí, es preciso detallar brevemente las condiciones qué propiciaron el enfrentamiento. Luego del “apaciguamiento” y el sometimiento de los pueblos galos, César deja a cargo a su mano derecha durante toda la campaña, el gran Tito Labieno, mientras él se ausenta para ocuparse de asuntos administrativos y de la provisión de víveres. Es durante está ausencia qué los pueblos galos comienzan a tramar una conspiración. ¿Por qué los galos conspiran contra Roma? Es que si bien la Galia no estaba formalmente anexada, si se encontraba bajo un ejército de ocupación romano que exigía el pago de tributo, como era costumbre para los sometidos por los romanos. Dicho sometimiento claramente no hacía demasiada gracia a los sometidos, que ya en los años anteriores tenían la costumbre de rebelarse, pero no acostumbraban a hacerlo con la magnitud que ahora describiré. Liderados por el arverno Vercingétorix, se reunieron todas las tribus para discutir y planear la rebelión, a la cual adscribieron las siguientes tribus: eduos, arvernos, sécuanos, senones, bituriges, sántonos, rutenos, carnutes lemovices y arémoricos, belóvacos, ráuracos, boyos, pictones, túronos, parisios, helvecios, suesiones, eleuterios, ambianos, mediomátricos, petrocorios, nervios, mórinos, nitióbroges, aulercos atrebates, veliocases, lexovios y aulercos eburovices. Nunca antes en la Galia se había formado un ejército con la alianza de tantos pueblos tan disímiles.
Vercingétorix era listo y tenía una táctica en mente. Él sabía que a los romanos no se les podía luchar de tú a tú, que en cualquier conflicto simétrico ellos saldrían ganando gracias a su infantería superior (no siempre en números pero siempre en calidad). Por lo tanto, decide adoptar una estrategia de guerra de guerrillas, hostigando a los romanos y entorpeciendo sus líneas de suministros y comunicaciones. Ahora bien, esto es lo que él consideraba más apropiado, matar de hambre a los romanos y obligarlos a tomar decisiones mal y pronto, cosa que funcionó en un primer momento. Pero eso no quiere decir que todo el popurri de tribus previamente mencionadas estuvieran de acuerdo. Se decide entonces plantarle cara a los romanos en la ciudad de Avarico, asedio que termina con una derrota gala. Luego de está derrota Vercingetorix conduce su ejército hacia Gergovia, capital de los arvernos, lugar en el que nuevamente se produce una batalla que tiene como resultado una inesperada victoria gala, atrayendo a más voluntarios y aumentando la fama de Vercingétorix. Envalentonados, los galos marcharon a interceptar a los romanos con su caballería, pero está vez terminan derrotados. Los vencidos deciden refugiarse en la cercana ciudad de Alesia, la cual estaba bien fortificada y situada en la cima de una gran colina. Una vez alli, Vercingetorix envia un pedido de ayuda a todas la tribus aliadas, solicitando refuerzos para la inminente batalla, esto sucede a inicios de septiembre.
Ahora que ya detallamos los eventos previos, ultimemos los detalles técnicos para proceder con la batalla en sí. Resulta imposible saber a ciencia cierta cuántos soldados componían los contingentes beligerantes, dado que las fuentes que lo relatan son romanas y no cabe duda de que caen en la exageración por motivos propagandísticos, asi que todas las cifras son aproximadas y casi seguro que menores a las declaradas. Por un lado tenemos a las fuerzas del César, 10 legiones (o 11 depende del autor) compuestas por entre 50.000 y 60.000 hombres y caballería, tanto romanos como germanos y galos aliados. Por el otro lado, Vercingétorix cuenta, según César, con 80.000 hombres más caballería. Sumados a los que están en alesia, los llamados de Vercingetorix fueron oídos y se dirige hacia la ciudad un titánico ejército de refuerzo de 240.000 galos (otra vez, según César, aunque el número real debió rondar los 180.000 como máximo absoluto), comandados por el atrebaté Comio, los eduos Viridomaro y Eporedórix, y un sobrino de Vercingétorix, el arverno Vercasivelauno. Sin embargo, dichos refuerzos de tal magnitud tardarían un tiempo en ser reunidos, y otro poco más en marchar hacia Alesia. La estrategia gala consiste en refugiarse en la ciudad mientras esperaban los refuerzos, teniendo víveres para aproximadamente un mes, quizás más si lo racionaban. Cabe aclarar que la ciudad de Alesia no estaba preparada en absoluto para albergar semejante ejército, por lo que el ambiente era tenso e inclusive toda la caballería debío acampar fuera de la ciudad, con una empalizada rápidamente construida para protegerse. Por otro lado, los romanos planeaban asediar la ciudad, contando con una cantidad de víveres y forraje muy similar a la de los galos atrapados. Esta era una apuesta muy arriesgada, ya que en un asedio la situación rápidamente podría volverse en su contra. Aun así, llegó a los oídos del César la noticia de los refuerzos en preparación, y es ahora en donde entra en juego el giro romano. En un primer momento, de acuerdo con los preparativos correspondientes a un asedio, los romanos levantaron, en apenas tres semanas, y bajo el hostigamiento de los asediados, las siguientes fortificaciones según César:
“Se cavó un foso de veinte pies de ancho, con las paredes perpendiculares, de suerte que el suelo fuese igual en anchura al borde. Todas las otras fortificaciones tirólas a distancia de cuatrocientos pies de este foso, por razón de que, habiendo abarcado por necesidad tanto espacio, no siendo fácil poner cordón de soldados en todas partes, quería evitar los ataques improvisos o nocturnos del enemigo, y entre día los tiros contra los soldados empleados en las obras. Después de este espacio intermedio abrió dos zanjas, anchas de quince pies y de igual altura; la interior llenó de agua, guiada del río por sitios llanos y bajos. Tras éstas levantó el terraplén y estacada de doce pies, guarnecida con su parapeto y almenas, con grandes horquillas a manera de astas de ciervo, sobresalientes entre las junturas de la empalizada, para estorbar al enemigo la subida. Todo el terraplén cercó de torres, distantes entre sí ochenta pies.”
Además, se cavaron fosas en las que se clavaron estacas de madera y una trinchera rellena de afilados ganchos de metal cubiertos por ramas y pastos para ocultarlos. Como si esto no fuera suficiente, y como menciona la cita, también se desvió el río que pasaba por al lado del campamento. A continuación una representación gráfica para que el lector se dé una idea.

Hasta aqui, se trata de un asedio que, si bien es de proporciones gigantescas, se mantiene convencional en su propósito. Pero ahora entra en juego el know how romano, porque no contento con estas fortificaciones, y sabiendo que se avecinan unos refuerzos descomunales, César manda a replicar este esquema al lado descubierto de las legiones, efectivamente doblando la apuesta al encerrarse entre la ciudad y los refuerzos. Podríamos describirlo como un “asedio al cuadrado” o “asedio2”. Dispuestas las fortificaciones, ambos bandos se disponen a esperar los refuerzos.
Es bien sabido que la espera suele ser peor que la batalla misma, el efecto psicológico de la ansiedad sumado a la escasez de alimentos suele ser la gota que derrama el vaso de muchos combatientes, en palabras de César: “En efecto, todas las cosas que no se ven tuban por lo general con mayor intensidad las mentes de los hombres”. Cada día que pasaba era un día más cerca del hambre y la debilidad. En el interior de Alesia se estaba gestando una angustia letal producto de la mortífera espera. Algunos de los galos debatian la rendición, otros proponian una salida violenta de la ciudad. Según César, se dice que el arverno Critognato llegó a sugerir el canibalismo, proponiendo consumir a aquellos heridos y no combatientes. Este relato seguramente no es más que una fabricación de César con la intención de demostrar el barbarismo de estos galos, pero no deja de sonar relevante teniendo en cuenta lo que acaeció a los habitantes de Alesia.
Casi agotados los víveres, el ejército de galos encerrados decidió expulsar de la ciudad a todos aquellos que por su salud o edad no podían luchar. Muchos de los ciudadanos que habían recibido al ejército eran ahora expulsados, seguramente los campesinos u otros ciudadanos sin riqueza ni estatus. Los expulsados caminaron por la tierra de nadie desde la muralla de la ciudad hasta el muro romano, suplicando y ofreciéndose como esclavos por un pedazo de pan. César, que se encontraba en una situación apenas mejor que Vercingétorix en términos de víveres, les negó la entrada al campamento. Miles de inocentes murieron de hambre, atrapados entre los dos ejércitos.
A principios de octubre, los refuerzos finalmente llegaron.

Como se mencionó más arriba, la ciudad estaba en la cima de una gran colina, desde la cual se podían apreciar los alrededores. Es así que cuando finalmente fueron divisados los refuerzos, las fuerzas de Vercingétorix respiraron con alivio y sus ánimos se recompusieron.
Los refuerzos se asientan a no más de una milla de los romanos y al otro día inician el primer ataque. Las tropas de la ciudad salen y bajo el ataque de las fortificaciones romanas comienzan a rellenar las trincheras con tierra y zarzos. En la circunvalación (el lado que mira hacia los refuerzos) se produjo una batalla de caballería que duró gran parte del día y tuvo como vencedores a la caballería germana al servicio de los romanos. Como este combate ocurria a la vista de todos, los defensores de la ciudad decidieron volver a entrar en sus murallas.
El segundo ataque se produjo a la medianoche del otro día, en el cual los refuerzos, luego de construir un gran número de escaleras, ganchos y fajinas, salieron en silencio y de manera sigilosa para cubrir las trincheras y trepar los muros. A la vez, comenzaron a pegar alaridos como señal para que se produzca la salida desde la ciudad. Los romanos resistieron el ataque durante toda la madrugada. Para cuando salió el sol, los refuerzos se retiraron por miedo a ser atacados en su retaguardia por la caballería germana. Por su parte, los de la ciudad perdieron demasiado tiempo rellenando las trincheras y las zanjas, por lo que nuevamente se retiraron a la ciudad.
En el último ataque, los galos analizan el terreno y deciden que el punto más débil de las fortificaciones se encuentra apostado en la ladera del monte Rea. Se seleccionaron los mejores soldados y bajo el mando de Vercasivelauno, con una fuerza de 60.000 fueron hacia allí. Vercingétorix entendió que este era el enfrentamiento decisivo y arremetió contra las fortificaciones de contravalación. La lucha duró todo el día y fue extremadamente encarnizada. En ningún momento estuvo claro quién tenía las de ganar. César envía a su segundo, T. Labieno, para contener el ataque en el monte. Cuando ve que este está bajo serias dificultades, arengó a sus soldados, les explica que “el fruto de todas las batallas anteriores consiste en ese día y esa hora”, y dirige personalmente las tropas para auxiliar a Labieno. Al mismo tiempo, la caballería germánica hace una salida valerosa y ataca por la retaguardia a los hombres de Vercasivelauno. Los galos, en medio de la confusión y con la caballería enemiga por detrás y la infantería de César delante, son masacrados, unos pocos afortunados consiguen huir en pánico. Los de la ciudad llegan a apreciar esto último y entienden la gravedad de su situación. Diezmados y con el orgullo herido, vuelven a la ciudad y discuten los términos de la rendición.
Vercingétorix se responsabiliza de la derrota y se rinde a los pies de César, poniendo fin a la rebelión y sellando la sumisión de los galos por los años venideros. Vercingétorix no es ejecutado, si no que es tomado prisionero y se lo llevara a Roma para desfilar como un premio.
De todo el recuento que hace César de la batalla, cabe resaltar la sinceridad de su texto. Siendo el claro vencedor, no tiene nada de popularidad que perder y, cuando describe el razonamiento de los rebeldes galos, expone sin tapujos la realidad de su propósito en la Galia: “Los romanos, por su parte, ¿que buscan o quieren sino, llevados por la envidia, establecerse en los campos y tribus de aquellos que, saben, son célebres por su fama y poderosos en la guerra, y colocarles el yugo de una escalvitud eterna? En efecto, no han hecho sus guerras con ninguna otra condición.”
La lectura de los hechos variará según el ojo del lector, podrá ser más clasicista y afirmar que efectivamente, es gracias a Roma que se civiliza y pacifica la Galia, o para los más revisionistas, este será otro ejemplo más de intervención extranjera. Independientemente del análisis (casi siempre anacrónico) que se haga del evento, vale la pena recalcar la valentía de los rebeldes, que prefirieron luchar antes que mantenerse bajo la sumisión.
Así se lo explica Vercingétorix a sus oficiales (según César):
“Los romanos huirán de la provincia y se retiraran de la Galia. Que por ahora era suficiente con obtener la libertad; que poco podía conseguirse para la paz en el futuro y la seguridad; en efecto, después de reunir tropas mayores volverían y continuarán la guerra.”
[1] César, J. (2022). Comentarios sobre la guerra de la Galia (N. Gelormini, Intro., trad. y notas). Editorial Losada.
[2] Suetonio. (1948). Vida de los Doce Césares (Jose Luis Romero). Jackson.






Comments