GANAR SIN PARTIDO: ¿LA NUEVA FÓRMULA DEL PODER EN AMÉRICA LATINA?
Por Renata Waigandt

En los últimos años, mientras la confianza en los partidos políticos tradicionales no deja de caer, América Latina se llenó de nuevos espacios que compiten, y ganan, elecciones bajo la etiqueta de partido. Javier Milei armó La Libertad Avanza y en dos años llegó a la presidencia de Argentina. Nayib Bukele hizo lo mismo con Nuevas Ideas en El Salvador. Daniel Noboa capitalizó en Ecuador el voto de una franja de jóvenes decepcionada con los partidos de siempre. José Antonio Kast reflotó un Partido Republicano en Chile, y hace apenas unos meses Abelardo de la Espriella ganó la presidencia de Colombia presentándose como la alternativa a la vieja política.
Pero hay algo que no termina de cerrar: si los partidos están en crisis, ¿por qué siguen apareciendo partidos nuevos? Quizás la respuesta sea que muchos de ellos ya no funcionan como los partidos que conocemos. Más que organizaciones construidas para sobrevivir a sus líderes, parecerían ser vehículos creados para llevarlos al poder.
La pregunta parte de una contradicción parecida a la que ya vimos con la Generación Z. Por un lado, la confianza en los partidos como institución no para de caer: según Latinobarómetro, apenas el 31,5% de los latinoamericanos dice sentirse cercano a alguno, uno de los niveles más bajos entre todas las instituciones que mide la encuesta. Por otro lado, esa desconfianza no frenó el nacimiento de partidos nuevos: lejos de quedarse en el intento, varios de ellos llegaron a ganar elecciones presidenciales, y uno de cada cuatro presidentes elegidos en la región desde 2018 lo hizo enfrentándose a los partidos tradicionales.
Quizás antes que partidos nuevos, lo que parece estar apareciendo son atajos para no tener que construir uno.
¿Partido o vehículo?
La ciencia política tiene un término para esto: vehículo electoral. Distintos politólogos vienen documentando hace años cómo, en la región, cada vez más candidatos abandonan sus estructuras partidarias de origen (o directamente nunca las tuvieron) para competir con su marca personal antes que por una organización. Otros estudios fueron un poco más allá y propusieron pensarlos directamente como un tipo distinto de partido, el "partido personalista": una estructura que existe en función de un líder y que, en general, no le sobrevive.
Esta distinción es clave para entender lo que pasa hoy. Un partido, en el sentido clásico, supone una organización con vida propia: congresos internos, afiliados, una identidad que trasciende a quien lo conduce en un momento dado. Un vehículo electoral, en cambio, se arma para ganar una elección puntual y muchas veces no sobrevive al primer mandato de quien lo creó.
Si un votante desconfía de los partidos tradicionales, pero igual sale a votar por Milei, Bukele o Noboa, eso no significa que haya vuelto a confiar en la política de partidos. Puede significar, simplemente, que encontró una figura en la que confiar y que esa figura vino acompañada, de paso, de un partido con nombre propio.
Izquierda, derecha... o ninguna de las dos
Frente a este panorama, muchos análisis concluyen que los nuevos partidos, salvo excepciones, no tienen ideología. Pero la pregunta más interesante no es si la tienen, sino qué lugar ocupa la ideología en cómo se construyen.
Porque decir "no somos de izquierda ni de derecha" no equivale a no tener una visión del mundo. Si un espacio político tiene posiciones claras sobre el rol del Estado, los impuestos, la seguridad o la relación con las élites, ahí hay una ideología, aunque prefiera no llamarla así.
Lo que parece estar cambiando, más que la presencia o ausencia de ideología, es el eje sobre el que se organiza. La Libertad Avanza es el caso más claro: no compite en el eje izquierda-derecha sino en uno propio que funciona como una identidad tan cerrada como cualquier otra: libertad versus Estado, pueblo versus casta. Tim Haughton y Kevin Deegan-Krause, que estudiaron el nacimiento y la muerte de partidos nuevos, describen algo parecido en otras regiones: muchos de esos partidos no compiten en el eje clásico, sino en uno distinto, limpio versus corrupto. Vale la pena leer ese eje no como la prueba de que no hay ideología, sino como una ideología diferente: la idea de que el problema de fondo no es económico ni cultural, sino moral, y que la solución pasa por gente nueva antes que por un programa nuevo.
Visto así, conviene distinguir al menos tres formas de ser un partido nuevo en la región. Están los que sostienen una identidad ideológica tradicional y reconocible, como el Partido Republicano de Kast o el Pacto Histórico de Petro, ubicados en la derecha y la izquierda respectivamente. Están los que mezclan elementos que antes aparecían separados: Bukele rompió con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) pero conservó parte de esa retórica de reivindicación popular, mientras gobierna con una política de seguridad de mano dura típicamente asociada a la derecha. Y están los que directamente rechazan la etiqueta, como La Libertad Avanza o buena parte de las candidaturas "anti-casta" que solo piden gobernar "sin política".
Entonces, ¿realmente no tienen una ideología definida, o simplemente encontraron una forma más flexible de comunicarla, con conceptos como libertad, pueblo o cambio en lugar de las viejas etiquetas? La pregunta importa porque, si es lo segundo, el fin de la ideología que muchos análisis dan por hecho podría ser, en realidad, apenas un cambio de vocabulario.
Del comité al feed
Las redes sociales no inventaron el personalismo político, claro está. Pero sí cambiaron la forma en que un liderazgo puede construirse y sostenerse sin necesitar del aparato que antes era imprescindible.
Analistas que estudian el fenómeno describen un "neopopulismo digital" con rasgos comunes que atraviesan la grieta ideológica: personalización extrema del liderazgo, apelación directa al votante por encima de la estructura partidaria, un relato de confrontación permanente contra la élite y un manejo muy hábil de las plataformas. En la campaña de De la Espriella en Colombia, por ejemplo, se usó una estética hiperpersonalizada que difumina la frontera entre el candidato y el creador de contenido. Cuando la lógica del algoritmo define qué circula, un partido con congresos internos y planes de gobierno compite en desventaja frente a un liderazgo que puede publicar diez veces por día.
Acá aparece un paralelo que no puedo dejar de marcar con lo que escribí sobre la Generación Z. Ahí el argumento era que los jóvenes trasladaron su forma de vincularse en redes —directa, personal, sin intermediarios— al terreno de la protesta. Lo que está pasando con los partidos es, en cierto sentido, la misma lógica: los dirigentes también aprendieron que compite mejor una cuenta que una organización.
El líder se vuelve marca
Esto tiene un componente generacional bastante concreto. En Ecuador, Noboa capturó a una franja de jóvenes que no se sentía representada por ningún partido tradicional. En Brasil, según una investigación de Reuters publicada este año, buena parte de los jóvenes que hace una década hubieran sido base natural del Partido de los Trabajadores hoy se alejan de Lula, no necesariamente porque perdieron interés en la política, sino por frustración económica y expectativas incumplidas.
Alcanza con mirar nuestro propio feed: cuántos posteos vimos este año de un candidato hablando directo a cámara, sin corbata, casi como un creador de contenido más, y cuán pocos de un partido presentando un documento con propuestas. El vínculo que antes se construía en el barrio hoy se construye, o se rompe, con la misma facilidad con la que se sigue o se deja de seguir una cuenta.
Un partido de un solo nombre
Que un vehículo electoral no tenga estructura no significa que no tenga nada. Tiene, casi siempre, una sola persona tomando las decisiones. Y ahí es donde especialistas en partidos políticos empiezan a preocuparse.
Analistas de la región vienen advirtiendo que inundar el sistema de partidos con formaciones efímeras y atadas a una figura de alta visibilidad puede derivar en fragmentación extrema y en el fomento del personalismo, uno de los pasos previos, señalan, a derivas más autoritarias. La lógica es simple: si el proyecto sos vos y no una organización con reglas internas, nada te obliga a rendirle cuentas a nadie más que a tu propia base de seguidores.
No se trata de vehículos completamente vacíos de contenido, del mismo modo que las protestas de la Generación Z no carecían por completo de referentes visibles. Se trata de estructuras en las que la autoridad está concentrada en un solo punto, y eso presenta tanto ventajas como problemas.
Ganar no es gobernar
Llegados a este punto, sería un error afirmar que los partidos tradicionales desaparecieron y que ahora todo se resuelve con un vehículo electoral y una buena estrategia de redes. Muchos de esos partidos tradicionales siguen ahí, con menos apoyo, pero con estructura territorial y disciplina legislativa, algo que a los vehículos personalistas suele faltarles justo cuando más lo necesitan: después de ganar.
Un congreso fragmentado en decenas de bancas, coaliciones que se arman y se rompen según la encuesta de la semana, presidentes que llegan con un capital político enorme, pero sin bancada propia para sostenerlo: ese es el costo de una forma de hacer política optimizada para ganar una elección, no para gestionar después de ganarla. La descentralización y la personalización movilizan rápido, no necesariamente gobiernan bien.
¿Y si el problema nunca fueron los partidos?
Las elecciones recientes no permiten afirmar que toda la región giró hacia el personalismo, del mismo modo que las protestas de la Generación Z no permitían afirmar que toda una generación se volvió activista. Sería igual de simplista sostener que los partidos tradicionales desaparecieron como sostener que todos los votantes se volvieron devotos de un líder.
Lo que sí parece estar cambiando es la relación entre la ciudadanía y la forma en la que la política se organiza para representarla.
Si entendemos la renovación política únicamente como partidos nuevos con programas nuevos, probablemente nos quede una imagen incompleta. Pero si incorporamos la lógica del vehículo electoral, la campaña algorítmica y el liderazgo-marca, el panorama cambia bastante. La desconfianza hacia los partidos no generó menos política, generó una política con menos estructura, más volátil, y en algunos casos, más peligrosa para la calidad institucional que dice querer mejorar.
Quizás la respuesta no esté en recuperar las viejas estructuras, sino en preguntarse si la estructura tradicional ya no convence a nadie, ¿para qué construirla?






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