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GEN Z Y LAS NUEVAS FORMAS DE HACER POLITICA

RENATA WAIGANDT
Aug 26
7 min read
Renata Waigandt


En los últimos años —si no décadas—, a los jóvenes se les ha acusado de estar desconectados de la política. Sin embargo, las recientes protestas organizadas por la Generación Z (aquellos nacidos desde finales de los años 90 hasta principios de los 2000) muestran que quizás esto no sea enteramente cierto, sino que la apatía se dirige hacia las formas tradicionales de participación política.


En diferentes países, tales como Nepal, Marruecos, Madagascar y Perú, los jóvenes salieron a las calles para expresar su descontento sobre la corrupción, la falta de oportunidades económicas y los partidos políticos tradicionales. Pero lo hicieron de una manera diferente a las generaciones anteriores: se organizaron a través de sus teléfonos, utilizaron hashtags en distintas redes sociales y convirtieron la cultura popular en símbolos políticos de resistencia.


Entonces, ¿realmente estamos frente a una generación apática?


La pregunta parte de una contradicción. Por un lado, numerosos estudios muestran un alejamiento de los jóvenes de los partidos políticos y de algunas formas convencionales de participación, como el voto o la militancia. Por otro, las movilizaciones recientes evidencian que, cuando hay causas que los interpelan, se involucran, pero de una forma más descentralizada, fluida y menos vinculada a estructuras ideológicas y jerárquicas.


Quizás la Generación Z no esté abandonando la política; quizás esté cambiando la forma de participar en ella.


¿Apatía o alienación?


La concepción de que los jóvenes son políticamente apáticos no es nueva. Sin embargo, hay una gran diferencia entre no participar en las instituciones tradicionales y no tener interés alguno por los asuntos políticos.


Sebastian Jungkunz y Paul Marx distinguen entre dos conceptos: apatía y alienación. La apatía supone una ausencia de compromiso cognitivo, emocional o conductual con los asuntos políticos. La alienación, en cambio, implica que puede existir interés en la política, pero hay un rechazo hacia la política institucional. Esta diferencia es esencial para poder comprender el comportamiento de la juventud de hoy.


Si un joven no confía en los partidos políticos, no se siente representado por los candidatos o no considera importante votar, su falta de participación tradicional no implica que sea indiferente a lo que ocurre políticamente. Puede simplemente significar que no encuentra en estas instituciones un canal efectivo para expresar su interés.


De hecho, distintos análisis realizados por medios como Bloomberg y el Council on Foreign Relations señalan que los menores de 30 años son menos propensos a votar, pero suelen ser más activos en movimientos políticos en línea.


Esto nos lleva a reconsiderar qué entendemos por participación política: durante mucho tiempo, la imagen del ciudadano comprometido se asociaba con la militancia partidaria y el voto frecuente. Pero para una generación que creció en un mundo digital, esas no son las únicas formas de involucrarse, ni las más elegidas.


De las redes a las calles


Las redes sociales no inventaron las protestas, claro está, pero sí llegaron para cambiar la forma en la cual es posible organizarse, comunicarse y construir una identidad colectiva.

En las recientes protestas asociadas a la Generación Z, las redes sociales cumplieron un rol clave para conectar a las personas y coordinar acciones. Jóvenes de países como Nepal, Madagascar y Marruecos utilizaron TikTok, Discord y X para organizarse y visibilizar sus reclamos. En algunos países se adoptó una identidad generacional, como Gen Z Mada en Madagascar y Gen Z 212 en Marruecos.


Las causas no fueron idénticas. Hubo protestas vinculadas a denuncias de corrupción, desigualdad económica, brutalidad policial, desempleo y falta de oportunidades. En Nepal, por ejemplo, las protestas comenzaron luego de que los hijos de las élites gobernantes publicaran imágenes con marcas, mansiones y vacaciones de lujo, mientras gran parte de la población enfrentaba dificultades económicas.


Esto es interesante y relevante, porque nos demuestra que no existe una única causa que interpele a la Generación Z, sino una sensación repetida de distancia entre las instituciones que dicen representarlos y sus demandas reales.


La tecnología funciona entonces como un acelerador, permitiendo que un malestar individual se convierta rápidamente en una experiencia colectiva. Un joven puede ver un video, identificarse con la vivencia y descubrir que miles de personas atraviesan la misma situación.

Esto se relaciona con los espacios de autonomía que define Manuel Castells: espacios creados por las tecnologías de comunicación que permiten a los ciudadanos organizarse y comunicarse sin depender completamente de los medios tradicionales o de las instituciones establecidas.

Pero en el caso de la Generación Z, esta relación parece ser aún más profunda. Internet no es solo una herramienta para convocar una manifestación, sino un espacio para construir identidades, compartir experiencias y planificar acciones. En muchos casos, la protesta empieza en las redes y luego se traslada a la calle.


La cultura pop se vuelve política


Uno de los aspectos más llamativos de estas movilizaciones es la utilización de símbolos de la cultura popular. La bandera de One Piece, el manga y anime japonés que aborda la lucha contra la corrupción política y la injusticia, se convirtió en uno de los ejemplos más visibles. La imagen del cráneo con sombrero de paja apareció en distintas protestas como símbolo de resistencia. En Nepal también se utilizaron hashtags como #NepoBaby y #NepoKids, aludiendo al nepotismo para criticar los privilegios de las élites políticas.


Los símbolos culturales permiten construir una identidad común incluso cuando no existe una ideología política compartida. Un grupo de jóvenes puede no coincidir sobre economía, religión o política exterior y, aun así, coincidir en una demanda más amplia: terminar con la corrupción o exigir mejores oportunidades.


En este sentido, el investigador Alberto Melucci ya había planteado que los movimientos sociales no se limitan a perseguir objetivos políticos concretos, sino que también construyen identidades colectivas. Las protestas de la Generación Z parecen llevar esta idea a un terreno digital: memes, hashtags y referencias compartidas ayudan a construir cohesión entre personas que quizás nunca se conocieron personalmente. La política abandona así la vieja estética solemne para volverse más irónica y entretenida. Y eso no significa que sea menos política.


Un movimiento sin líderes


Otro elemento característico de estas movilizaciones es su estructura descentralizada. En varios de los movimientos mencionados no existió una figura única que representara a todos los manifestantes. Las protestas surgieron de conversaciones informales y llamados a la acción en diferentes plataformas, lo que marca una diferencia clave con las estructuras políticas tradicionales: un partido necesita dirigentes, afiliados y estructura; una movilización digital necesita un hashtag viral para que los jóvenes salgan a la calle.


La teoría de la acción conectiva, desarrollada por W. Lance Bennett y Alexandra Segerberg, ayuda a entender este fenómeno. En lugar de depender de organizaciones formales, las redes sociales permiten que cada individuo participe en la difusión de una causa. Compartir un video, un meme o un llamado a la acción contribuye a una movilización más amplia. De esta forma, miles de acciones individuales pueden acumularse y derivar en una protesta colectiva, incluso sin un liderazgo centralizado.


Sin embargo, que una movilización sea descentralizada no significa que no existan figuras visibles, y el caso de la India lo demuestra. Abhijeet Dipke, uno de los jóvenes que impulsó la idea de convertir el término “cucarachas” —utilizado por altos funcionarios para describirlos— en una identidad de protesta, se convirtió en una de las caras visibles del movimiento. No obstante, la movilización no dependió exclusivamente de él: la identidad fue apropiada y reproducida por miles de jóvenes en redes y en las calles.


Por lo tanto, no se trata de protestas completamente carentes de referentes, sino de movimientos en los que la autoridad está más distribuida y es más difícil de identificar. Y esto presenta tanto ventajas como problemas.


La ausencia de una estructura jerárquica permite una participación más abierta y dificulta que un gobierno desactive el movimiento simplemente arrestando a un líder. Pero también complica la negociación, la toma de decisiones y la transformación de una protesta en una organización política estable. La descentralización mobiliza rápido; no necesariamente gobierna bien.


No votar no significa no participar


Llegados a este punto, sería un error afirmar que la Generación Z reemplazó el voto por TikTok y la militancia partidaria por protestas callejeras. Las formas tradicionales de participación continúan siendo importantes: votar, organizarse y participar en instituciones siguen siendo fundamentales para cualquier democracia. El problema radica en que una gran parte de los jóvenes no siente que las instituciones reflejen sus propias vivencias.


La investigación de Jungkunz y Marx sobre apatía y alienación permite cuestionar la idea de que la distancia sea permanente. El interés político de los jóvenes puede desarrollarse más adelante con experiencias como la educación superior o el trabajo. Basta con mirar nuestro entorno: ¿quién no tiene un amigo o conocido que empezó a interesarse por la realidad del país al entrar a la universidad?


Esto es importante porque nos permite pensar la participación como algo dinámico. Un joven puede no identificarse con ningún partido y, sin embargo, sumarse a una causa, apoyar una protesta o difundir información en redes. Eso no es apatía; tal vez el problema sea que utilizamos una definición demasiado estrecha de lo que significa participar.


¿Y si nunca fueron apáticos?


Las protestas recientes no demuestran que toda la Generación Z sea políticamente activa, ni permiten afirmar que los jóvenes abandonaron por completo los comicios. Sería igual de simplista tachar a la Gen Z de apática que calificar a todos sus integrantes de revolucionarios.

Lo que verdaderamente está cambiando es la relación entre la juventud y la política. Una generación que nace en un mundo de conexión permanente cuenta con herramientas distintas para expresarse, organizarse y construir identidades colectivas. Sus demandas pueden surgir de problemas económicos muy concretos, pero se expresan mediante lenguajes culturales completamente nuevos.


Entonces,

la pregunta no debería ser por qué la Generación Z no participa en política, sino dónde lo está haciendo. Si entendemos la política únicamente como partidos, elecciones y estructuras institucionales, es lógico que encontremos una generación distante. Pero si incorporamos el activismo digital, las protestas y las campañas en línea, la imagen cambia por completo.

La aparente apatía es, en realidad, alienación: no indiferencia frente a lo público, sino un rechazo a las formas tradicionales de canalizarlo. Si millones de jóvenes sienten que las instituciones no los representan, el problema no es solo que ellos no participen, sino qué están haciendo las instituciones para motivarlos a hacerlo.


Quizás la Generación Z no dejó de hacer política; simplemente dejó de hacerla como la sociedad esperaba. Y si las redes se convirtieron en espacios de organización y las calles en el lugar donde esas demandas adquieren fuerza colectiva, estamos ante una transformación profunda de la participación política.


Es muy pronto para afirmar si estas nuevas movilizaciones lograrán consolidarse en organizaciones estables o producir cambios duraderos. Algunas protestas lograron derrocar gobiernos, como en Bangladesh, mientras que otras terminaron reprimidas o sin cambios sustanciales, como en Perú.

Pero tal vez ese sea justamente el punto: la Generación Z no está menos interesada en la política; solo está buscando dónde hacerla


 
 
 

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