NI FRÍO NI CALIENTE: EL EVANGELIO TIBIO DE DANTE GEBEL
Por Renata Waigandt

Dante Gebel no quiere que lo llamen pastor, aunque es dueño de varias iglesias. No quiere ser candidato, aunque recorrió las 23 provincias y ya sumó 700 mil espectadores gritándole "presidente, presidente". No dice a quién votó en la última elección, no elige entre Milei y Cristina, no ordena a los presidentes de la democracia del mejor al peor, ni siquiera se anima a definir qué es el peronismo. Lo único en lo que es categórico es el matrimonio igualitario: sostiene que, como cristiano, no puede correrse ni un centímetro de lo que dice la Biblia. Ese contraste, certeza absoluta en la doctrina, evasivas en todo lo demás, es la clave para entender el fenómeno que empieza a incomodar a Javier
Milei.
El showman que llegó antes que el pastor
Gebel construyó su carrera al revés de lo esperable para un predicador: primero el espectáculo, después la fe. Él mismo suele enmarcar su historia personal como parte de su testimonio espiritual: una infancia atravesada por la enfermedad, la pobreza y conflictos familiares que, según cuenta, terminaron llevándolo en la religión. En los 90 llenó Vélez y River con los "Superclásicos de la Juventud", y desde ahí afinó una fórmula híbrida que lo distingue de cualquier pastor clásico: en sus shows mezcla a Julio Iglesias, Shakespeare, Neruda, Maradona y stand up con la Biblia, que muchas veces aparece recién sobre el final, casi como cierre de un espectáculo que hasta ese momento podría confundirse con cualquier otro.
En lo doctrinario adhiere a la teología de la prosperidad, la corriente evangélica que sostiene que el bienestar material puede ser una señal de bendición divina. "¿Qué culpa tengo yo de que Dios me bendiga tanto?", respondió una vez frente a las críticas por su nivel de vida. Según su propio relato, desde 2020 donó más de 46 millones de dólares, un dato que exhibe con la misma naturalidad con la que reconoce que vive hace 18 años en California, viaja en avión privado y sostiene un pequeño imperio de empresas registradas a su nombre y al de su ministerio (River Church USA, Dante Gebel Ministry, Open Line Group, Favor Day). Asi mismo, se asume como una suerte de referente espiritual mediático: acumula millones de seguidores en redes, produce contenido en radio y streaming, y funciona tanto como predicador como infuencer de autoayuda.
El punto de inflexión llegó con su gira "PresiDante", un espectáculo que juega abiertamente con la idea de ser presidente por un día: aparece en escena con una banda presidencial, lanza reflexiones abstractas sobre el poder, la vejez, la muerte y la esperanza, y evita cualquier mención a un plan de gobierno concreto. El resultado excedió lo religioso y se volvió un fenómeno político: estadios agotados, giras federales y un público que empezó a pedirle en voz alta que se lance.
El arte de no decir nada
El verdadero espectáculo de Gebel no es religioso: es su gimnasia para no definirse. Ante una batería de preguntas políticas directas —si Milei respeta la investidura presidencial, si debió dar un paso al costado, si el Gobierno tiene claro lo que le pasa a la gente, a quién votó, si se siente más cerca de Milei o de Cristina, quién fue el mejor presidente de la democracia— la respuesta es siempre una variación del "no sé" o el "es muy subjetivo". Él mismo lo asume casi como método, dejando entender que la falta de definición es, en el fondo, una forma de posicionarse.
Es una ambigüedad que parece calculada más que tímida: la de alguien que quiere gustarles a todos los electores al mismo tiempo y entiende que cada definición cierra una puerta. Ese cálculo explica por qué una misma figura le puede caer bien a sindicalistas peronistas, a libertarios distanciados y a evangélicos al mismo tiempo, algo que sería mucho más difícil de sostener si se posicionara en cada tema. En público, sin embargo, niega estar jugando ese juego: dice que no quiere gobernar, que lo repitió en todos lados, y se queja de que lo traten como candidato sin serlo, gastando en él energía, bots y trolls que deberían estar dedicados a otra cosa.
Los que lo empujan
La “no” candidatura empezó a tener nombres concretos detrás. El sindicalista Juan
Pablo Brey, al frente de la Asociación Argentina de Aeronavegantes y con peso en la CGT, confirmó públicamente que busca terminar de convencerlo. Junto al ex operador libertario Eugenio Casielles, alejado de La Libertad Avanza tras el conflicto con Karina Milei, lanzaron un espacio llamado Consolidación Argentina, que reúne bajo un mismo paraguas a sindicalistas, referentes peronistas y libertarios desencantados. Ya arrancaron una gira territorial con el norte del país como primer destino, justamente donde el evangelismo pesa más y donde calculan que la figura de Gebel puede instalarse con menos fricción.
El envión de fondo tiene un dato que explica buena parte del fenómeno: casi el 20% de los argentinos se identifica hoy como evangélico, el doble que hace quince años, y ese crecimiento ya se tradujo en un bloque propio dentro del Congreso. Es un electorado que creció mucho más rápido que la oferta política dispuesta a representarlo, y ahí es donde Gebel encuentra el espacio que sindicalistas y libertarios sueltos quieren capitalizar.
Vínculos que exceden la frontera
El fenómeno tampoco es puramente local. Gebel fue orador en la asunción de Nayib Bukele en El Salvador y mantiene vínculos con otros liderazgos políticos y religiosos de la región, en sintonía con una tendencia más amplia en América Latina: figuras evangélicas que dejan de predicar para asomarse a la política institucional, con un estilo que combina espectáculo, lenguaje motivacional y promesa de renovación moral frente a dirigencias tradicionales desgastadas. Que Gebel se mueva en esos círculos internacionales no es un dato menor a la hora de pensar el armado de una eventual candidatura: le da visibilidad, contactos y un manual de estilo ya probado en otros países de la región.
El espejo incómodo de Milei
La comparación con Milei es inevitable y el propio recorrido de Gebel la fuerza: un outsider sin estructura partidaria tradicional, capaz de movilizar multitudes con adhesión emocional y de presentarse como alguien elegido para romper el mapa político existente. La diferencia está en el combustible: a Milei lo mueve el enojo, a Gebel la fe. Pero hay otra diferencia que importa más y que tiene que ver con el vínculo de cada uno con el establishment evangélico.
Milei institucionalizó su alianza con las iglesias evangélicas de manera explícita: llevó pastores a orar a Casa Rosada, les otorgó personería jurídica y llegó a inaugurar personalmente el templo de Jorge Ledesma, el pastor que aseguró haber presenciado un milagro que transformó 100 mil pesos en 100 mil dólares y que hoy está siendo investigado por evasión y lavado de dinero. Su bancada, además, cuenta con una senadora-pastora, Nadia Márquez, muy cercana a Karina Milei, y con un respaldo importante de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina. Gebel, en cambio, tiene una relación mucho más tensa con ese mismo establishment de pastores tradicionales: suele burlarse de otros predicadores en sus propios shows y admite sentir un rechazo casi visceral hacia esa clase de religiosos, motivo por el cual prefiere que lo presenten como comunicador, artista o influencer antes que como pastor.
Esa incomodidad es mutua. Mientras el Gobierno consolidó el vínculo institucional con el mundo evangélico y lo cuenta como uno de sus aliados más firmes, el eventual salto de Gebel genera nerviosismo entre libertarios que temen perder justamente ese electorado si una figura con semejante despliegue mediático decide disputarlo desde afuera.
Una pregunta que empieza a tomarse en serio
¿Alcanza esa distancia con la estructura evangélica tradicional, sumada a una ambigüedad tan bien administrada, para desplazar a un presidente que ya ocupa el rol de outsider? Puede ser que no: puede ser que Milei ya haya copado ese lugar y que no quede espacio real para otro outsider mientras el peronismo siga sin ordenarse detrás de un liderazgo claro. O puede ser, en una sociedad tan castigada, exactamente lo que faltaba: una figura que no necesita resolver ninguna de sus contradicciones porque nunca es obligada a elegir entre ellas.
Para un país que ya votó a un outsider que habla con sus perros muertos, la posibilidad de que ahora aparezca un pastor con estética de estrella pop y discurso motivacional no suena tan loca. Por ahora no hay candidatura. Solo un nombre que circula en una oposición dividida, y una pregunta que hasta hace poco sonaba absurda y hoy empieza a tomarse en serio: ¿qué hacés con Dante Gebel?






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